1890: De París a Buenos Aires
Desde un principio, el pabellón con el cual la Argentina se presentaría en 1889 en la Exposición Universal de París fue concebido para ser desarmado al final de la muestra y llevado a Buenos Aires, donde alojaría un museo de productos nacionales.
La barca Ushuaia
En el acta del 3 de julio de 1889 de la Comisión Directiva de la Exposición de París en Buenos Aires se registra que Henri F. Cabirau, ingeniero y secretario de la Comisión en París, en respuesta a la pregunta de Eduardo Olivera, presidente de la primera, informa que el peso total del Pabellón era 890 toneladas y el volumen de sus partes, 800 metros cúbicos. Agrega que la generalidad de los buques de comercio no serían capaces de admitir a bordo los 25 tirantes de hierro de once metros de largo que eran parte de la carga (en el AGN no se conserva el original de esta carta.)
Olivera pidió un informe al coronel de la Armada don Martín Guerrico, quien había respondido el 2 de julio, diciendo que bastaba uno solo de los buques comprados últimamente por el ministro de Guerra para conducir de Europa a Buenos Aires al Pabellón. Menciona que el peso total del hierro era de 890 toneladas, y agrega otras 800 más de muebles, decoraciones y vidrios – lo que difiere de lo informado por Cabirau. La barca Ushuaia estaba pronta para regresar a Europa y podría poner esa carga en su bodega, tomándola en el puerto del Havre, y el Gobierno economizaría aproximadamente 4.600 £ o 36.800 pesos moneda nacional. Señala que uno de los cargamentos que ofrece más peligro en la navegación por lo difícil de estibar es el hierro y como los oficiales de guerra no tienen práctica en esa faena, había que tener muy en cuenta ese punto. Para no ocasionar gastos con la demora del buque en el puerto, debería encontrarse la carga al arribo del buque en el puerto y dock en que debía tomarla, lo que era también conveniente para los estibadores pues podrían apreciar a primera vista el material que debía ir abajo. Finalmente, indica que como la Ushuaia tenía portas a proa para embarcar grandes y largas piezas, aunque fueran de 25 metros no ofrecerían dificultad alguna las de 11 de largo mencionadas por Cabirau.
La Ushuaia era una de cuatro barcas carboneras compradas por la Junta Superior de Marina en 1888, en una misión en Europa dirigida justamente por el entonces capitán de Marina Martín Guerrico. La foto proviene de la página de Histarmar; no se ven con claridad las portas de la proa mencionadas, lo que genera dudas de que sea de esa nave.

Había sido fabricada en 1864 por Gass en St. John, New Brunswick, Canadá, y botada con el nombre de Clytie. Tenía casco de madera, 1.079 toneladas de desplazamiento y 175.5 pies de eslora, algo más de 53 metros de largo. Aparece en el Lloyd’s Register of Sailing Vessels de 1893 todavía con su nombre original, aunque para el puerto de registro ya se indica a la Argentina, sin aclarar dónde.

Al mando del teniente de fragata Emilio V. Barilari había zarpado el 14 de marzo de 1889 de Cardiff con su carga de carbón. El 20 de mayo rescató a la tripulación de la barca británica Cumbria a 180 millas al este de Rio Grande do Sul, llegando a la rada de Buenos Aires el 7 de junio. Semanas después la menciona Guerrico para el transporte del Pabellón.
El 2 de septiembre se publicó un decreto aprobando el personal propuesto por la Comandancia General de la Armada para la dotación de la nave en su siguiente viaje, un total de catorce tripulantes.

Decreto de traslado y nombramiento de Jorge Perkins
El 4 de julio se había emitido un decreto formalizando el desarme, conducción y reconstrucción del Pabellón, que alojaría el Museo de Productos Argentinos, y nombrando al ingeniero Jorge A. Perkins para liderar esa tarea.

Como implica el segundo artículo del decreto, Perkins ya estaba en Europa – era cónsul en Menton, en la Costa Azul. El 20 de septiembre Santiago Alcorta, a cargo de la Comisión de París, le escribe a Olivera informándole que había acordado con Perkins que su sueldo durante el tiempo que durara su misión en París sería de 3.000 francos oro. En octubre recibiría un anticipo de 2.000 pesos y se le adelantó que no podría serle entregado el pabellón, libre de instalaciones y de los objetos expuestos, antes del 15 de diciembre. Alcorta también le recomendó que contratara a Ballu para dirigir el desarme.
Venta del Pabellón
Como ya se mencionó en Un bronce y su secreto, en septiembre de 1889 ya era imposible ignorar la catástrofe económica que se cernía sobre la Argentina. Cuando el Gobierno recibió el estimado del costo del desarme y traslado del Pabellón, decidió su venta en París, lo que quedó oficializado en el decreto del 7 de octubre. Hacía énfasis en las limitaciones del edificio, en las dificultades que ofrecía su desarme, transporte y reconstrucción, y en el elevado costo resultante.

La noticia causó consternación en la Comisión de París. Alcorta intentó revertir la decisión con el argumento de que sólo se obtendría una mínima fracción del costo, pero no tuvo éxito.

La exposición cerró sus puertas el 6 de noviembre. Con fecha 5 de diciembre, Alcorta envió a Buenos Aires copias del cahier des charges (pliego de condiciones) para la venta. El documento, escrito en francés y sin fecha, describe los ocho lotes en que se fraccionaba el pabellón. Se excluían de la venta las pinturas al óleo que decoraban el interior y todas las piezas que ostentaran algún símbolo patrio; se estipulaba que se aceptarían ofertas cerradas y que la adjudicación tendría lugar el siguiente 14 de enero.
Alcorta comenzó a organizar el envío de lo expuesto de vuelta a Buenos Aires. En carta del 12 de diciembre a Olivera le informa que después de pedir precios a varios cargadores, la Comisión de París había aceptado la propuesta más baja, del agente Sanguinetti, representante de la casa Ruys & Cie. de Amberes, para tomar los bultos en el Pabellón y llevarlos por vapor por el Sena hasta esa ciudad, para trasladarlos al buque de vela que los había de poner en la Boca. El trayecto era por el Sena, siguiendo por el Oise y el canal Saint Quentin hacia el norte.
En esa misma carta menciona haber recibido una particular de Francisco Seeber, intendente de la Ciudad de Buenos Aires, diciéndole que la Municipalidad no estaría lejos de hacer la adquisición del Pabellón para transportarlo a esa ciudad y que también estaba interesado en adquirir los cuatro grupos de bronce de los ángulos exteriores del pabellón, si este fuera rematado.
El aviso de la venta en diarios de París y otras capitales europeas apareció en el parisino Le Matin el 20 de diciembre, y en otros semanarios como Annales Industrielles en la sección «Adjudications et Résultats d’Adjudications» el 22 y el 29.

El 5 de enero Alcorta informa a Buenos Aires que tenía dos interesados en comprar el Pabellón y llevarlo a otro lugar. Uno era un particular que quería hacer de él una casa de campo y el otro, un empresario de varios establecimientos de fiestas, «muy concurridos por cierta gente», con el objeto de colocarlo en uno de ellos. Ambos esperaban obtenerlo por un precio mínimo, pero al enterarse de que el costo de desarmarlo y edificarlo nuevamente en París se estimaba en 150.000 francos, desistieron. En carta del 8 de enero, Alcorta manifiesta «Empiezo a temer que no habrá proponentes el día de la adjudicación, que se aproxima.»
Además de la indemnización a Perkins y los gastos ocasionados por la venta (pliegos de condiciones, anuncios en los periódicos, etc.), el 9 de enero la Comisión de París tuvo que enfrentar una doble demanda judicial de la Société des ponts et travaux en fer, la empresa fabricante de la estructura de hierro del edificio. En la primera parte se reclamaba el pago de lo adeudado, y en la segunda se exigía una indemnización de 100.000 francos por incumplimiento de contrato. Alcorta desestimó la primera, calificándola de pretexto, porque recién el 31 de diciembre la empresa había entregado la liquidación del saldo adeudado, lo que no daba tiempo suficiente para su revisión y pago. Lo que nadie recordaba era que el segundo artículo del contrato que Eugenio Cambacérès había firmado con la empresa la hacía acreedora de derechos. Decía en su segundo párrafo: “El contratista deberá reemplazar a su costa todas las piezas que resultasen defectuosas después del desarme del cual será encargado, así como de la reconstrucción, en condiciones que serán estipuladas después.” Como sospechaba Alcorta, la empresa intentaba impedir la adjudicación del Pabellón el 14.
El abogado consultado por la Comisión, el Sr. Badigaut, encontró que los demandantes tenían en qué apoyarse. Sin embargo se preparó a alegar diciendo que no se podía considerar obligación, desde que dependía de condiciones a fijarse ulteriormente. Esto sucedía el 10 de enero; al día siguiente, Alcorta recibió un telegrama con la noticia de la suspensión de la venta, por el acuerdo entre el Gobierno Nacional y la Municipalidad porteña mediante el cual se le transfería el Pabellón, haciéndose cargo esta última de parte de los gastos de traslado. Badigaut se lo comunicó verbalmente a los empresarios, quienes dejaron sin efecto la demanda, poniéndose a disposición de la comisión para la ejecución del contrato.
Reunida la Comisión al día siguiente, el Dr. José Antonio Terry, único abogado en la misma, opinó que los demandantes tenían razón y que habiendo el delegado Cambacérès firmado el contrato con poderes del Gobierno, este había quedado obligado por él. Si los precios y condiciones que pusieran fueran los corrientes, se quedaría obligado con ellos no solo para el desarme sino para la reconstrucción de la estructura de hierro en Buenos Aires.
El 14 de enero La Prensa publicó una carta de un indignado autor anónimo: «Acaba de hacerse saber al público que el intendente ha telegrafiado motu propio a París pidiendo se suspenda la venta del Pabellón de la Exposición y le sea remitido sin demora para adornar con él el Parque Tres de Febrero. Ahora bien: eso importa por lo menos un gasto de 500.000 fr., es decir mucho más del costo efectivo del pabellón, pues el Gobierno Nacional había tenido hace 6 meses igual propósito e hizo levantar el presupuesto de los gastos de desarme, transporte y erección aquí, siendo tan considerables las sumas, que resultó poco sensato el llevar a cabo la idea. Entonces el Gobierno resolvió poner a la venta dicho pabellón. Pues bien, ahora resulta que sin consulta previa del Concejo, la víspera del día en que debía efectuarse dicha venta, por telégrafo, el Intendente declara que la Capital toma sobre sí esos gastos calificados de enormes por el Gobierno y que va a hacer justamente lo que después de maduro estudio se resolvió que no era sensato hace poco tiempo. Y esa rumbosidad justamente se produce cuando la Comisión Municipal principia a ajustarse ante el caos financiero y suspende el votar el presupuesto antes de conocer mejor el asunto; mientras tanto el Intendente echa la casa por la ventana.» Firmaba Un vecino de la Capital.
El 15 de enero Alcorta le escribe a Olivera: «Ayer recibí un telégrama del 13 en la cual me dice que respecto al pabellón me entienda directamente con el Intendente y que el Ministro de R. Exteriores le había a V. devuelto mi telégrama del 10 anunciándole la demanda entablada por los constructores. Considero el aviso de V. como emanado del Gobierno y viniendo a confirmar el que me hizo el Intendente voy a tomar las medidas para que se inicie el desarme a la mayor brevedad, por cuenta de la Municipalidad de Buenos Ayres. Por el telégrafo he pedido al Sr. Seeber el poder necesario para representar a la corporación que preside y para hacer los contratos, así como una carta de crédito que habrá que gastar en ese desarme y en los embalajes y fletes hasta la Boca.»
En el AGN no se conserva la subsiguiente correspondencia entre Alcorta y Seeber, pero el primero, en sus cartas a la Comisión porteña, hace algunas referencias que permiten seguir el desarrollo de los eventos.
Seeber pintó un cuadro muy diferente en las Memorias Municipales publicadas en diciembre de 1890: «El Gobierno había decretado la venta del Pabellon Argentino, de la Exposicion de París, cuando cediendo á indicaciones del comisario argentino D. Santiago Alcorta, conseguí, despues de grandes empeños y de trabajos increíbles, que el pabellón fuese traido, pagando la mitad de los gastos la Municipalidad y la otra el Gobierno, pero adelantando todo el dinero el Gobierno. Supe despues que se encontraba en Liverpool la barca Ushuwaia, la que pedí al señor Ministro de la Guerra para el trasporte de los materiales y después de un calafateo conveniente ha llegado la barca con el pabellón, cuyo costo no pasa de cien mil francos.»
Nuevamente la Ushuaia

El 4 de octubre, tres días antes del decreto de la venta del Pabellón, había zarpado de Buenos Aires hacia Liverpool, capitaneada por el joven teniente de fragata Onofre Betbeder (1861-1915), quien desarrollaría una notable carrera en la Armada, llegando a ser ministro de Marina dos veces, bajo Roca y Figueroa Alcorta.
El capitán de navío Clodomiro Urtubey recibió una carta de Betbeder fechada en Liverpool describiendo ese viaje, que fue publicada en La Prensa el 29 de enero de 1890.
Despachada la barca del puerto se detuvo ocho días en el Río de la Plata en continuas bordadas durante la marea bajante. La navegación se hizo después con rumbo directo hasta la proximidad de la isla de Trinidad, donde los vientos contrarios del N.N.O. la arrojaron al E., viniendo a cortar el paralelo de la isla unas 500 millas al oriente. A la altura del puerto Lynus (?) el tiempo se descompuso con indicios alarmantes, pero felizmente pasó sin consecuencias. Después de 64 días de navegación llegó al puerto de Liverpool, entrando al dock por el mal tiempo y la falta de seguridad en las amarras del buque. Respecto al personal argentino del buque, Betbeder manifiestó que llenaron los deseos de la superioridad al disponer el viaje, con el especial propósito de mejorar instrucciones prácticas, particularmente para aquellos que por primera vez hacían un viaje a vela.
La Ushuaia precisaba extensas reparaciones, como lo refleja una nota en The Standard del 30 de enero de 1890 y un comentario de Alcorta a Olivera en una carta del 1º de febrero: «Una segunda expedición de bultos está para embarcar en Amberes y los que quedan, que son grandes cajones conteniendo, desarmadas, las grandes perchas que se hicieron para la colocación de las pieles, las conservaré para enviarlas con los materiales del pabellón en la barca Ushuaia, si es que esta puede ser utilizada a causa de sus averías, lo que sabré dentro de algunos días. Se empieza ya, aunque muy despacio, el desarme del pabellón, desde hoy, por cuenta de la Municipalidad de esa capital. No se terminará todo hasta el mes de mayo.»
El embalaje y despacho de todo lo expuesto recién se completó el 6 de febrero: había tomado tres meses. Notas en los diarios porteños La Prensa y The Standard permiten seguir lo ocurrido después.
14 de marzo de 1890, The Standard (publicado el 17 de abril): El bonito palacio erigido por la República Argentina está siendo rápidamente desarmado. Casi todas las placas se han retirado, numerado y empaquetado. Ahora parece un enorme esqueleto. Aproximadamente un mes más, y «el lugar que lo conoció, no lo conocerá más».
19 de marzo, Alcorta a Olivera: Sigue desarmándose por cuenta de esa Municipalidad y ya no queda en pie sino el armazón de fierro, para cuyo desarme tengo siempre que terminar previamente la cuestión con la compañía que lo construyó, cuyos precios no puedo aceptar por ser más elevados que lo que otros piden.
La Prensa informó el 23 de marzo que Seeber había nombrado a Alcorta delegado de la Municipalidad en París para todo lo referido al desarme y traslado del Pabellón.
25 de marzo, The Standard: Lo último sobre el Pabellón Argentino de la Exposición de París es que será transportado y reerigido aquí. Este es un derroche de dinero público sumamente inútil y sentimental, y en un momento en el que la gente clama por una severa reducción de gastos.
El 4 de abril Alcorta le escribe a Olivera: «Después de muchas negociaciones y con la ayuda de la situación comercial de ese país, he conseguido dar por anulada la cláusula del contrato de la Société des ponts et travaux en fer, que obligaba a la Comisión a encargarlos a esos empresarios del desarme de las obras de fierro del pabellon y de su reconstrucción en esa. Recordará V. que cuando anunciamos la venta de este, esa empresa demandó a la Comisión reclamándole una indemnización de cien mil francos. Ahora he arreglado todo sin darles nada.»
1º de mayo, La Prensa: El Intendente Municipal ha obtenido del Gobierno Nacional un crédito de 150.000 francos oro con destino a los gastos que ocasione el desarme y embarque del pabellón que ocupó la Argentina en la Exposición Universal de París. La barca de guerra (sic) Ushuaia que deberá transportar el pabellón se halla fondeada en el Havre esperando solamente esta resolución del gobierno que acaba de ser comunicada.
4 de mayo, The Standard: ¿No va Buenos Ayres a recoger el esqueleto de su difunto palacio en el Campo de Marte? Las nervaduras de hierro, pilares, etc., lucen muy melancólicas; si no se quieren en casa, deben retirarse y desecharse en un comercio de artículos náuticos.
21 de junio, La Prensa: El delegado argentino en la Exposición de París, señor Santiago Alcorta, ha comunicado a la Intendencia Municipal que las compañías de seguros de Francia e Inglaterra piden el 2% sobre el costo del pabellón argentino que figuró en la mencionada exposición. Se fundan para ello en que el buque que deberá traerlo, el Ushuaia, es bastante viejo y no presenta por lo tanto grandes seguridades. Considera el señor delegado que la prima pedida es muy elevada y que sería más conveniente asegurar el pabellón desde París hasta el punto de embarque.
Como se lee en la carta de Alcorta a Olivera del 5 de julio, Guerrico se había equivocado cuando dijo que la Ushuaia podría cargar todo el Pabellón, o el peso y volumen consignados por Cabirau eran inferiores a los reales: «Según se lo anuncié en oportunidad, dejé sin despachar cuando envié los productos e instalaciones del pabellón un número de cajones conteniendo muebles principalmente para mandarlos sin pagar flete por la barca Ushuaia… los he enviado al Havre con aquel propósito, en los buques del Sena que han llevado los materiales del pabellón. Ahora me dice el comandante de la Ushuaia que teme que el buque no pueda ni llevar los materiales de que se compone el pabellón y si esto es así, tendré que mandar toda la carga por otro buque pagando flete, pero naturalmente no haré nada hasta que aquella barca no se encuentre completamente llena.» Lo confirma en otra, del 5 de agosto: «El buque argentino Ushuaia no ha podido cargar ni todos los materiales del pabellón, así es que ha dejado todos los bultos pertenecientes a la Comisión en el Havre. He hecho un contrato a precios bajos para que los tomen allí y los despachen de Amberes a la Boca por vapor que saldrá en este mes.»
El intendente Francisco P. Bollini, en las Memorias Municipales 1890-1892, mencionó que los bultos que constituían el Pabellón Argentino eran más de seis mil.
Una propuesta
No todas las opiniones sobre el Pabellón eran negativas. Enrique Pontecórboli era un empresario teatral que llevó a Buenos Aires un espectáculo que había tenido gran éxito en la Exposición Universal de Barcelona de 1888: el panorama de la batalla de Plewna, debido al pintor francés Paul Philippoteaux. Como informa La Prensa el 19 de agosto de 1890, cuando todavía la Ushuaia ni había salido de El Havre, Pontecórboli presentó a la Intendencia Municipal una propuesta de arrendamiento del Pabellón. Solicitaba un plazo de ocho años, destinándolo al establecimiento de un teatro y diversas casas de negocio y colocándolo en el sitio que ocupaba entonces el panorama, en la esquina de Belgrano y Lima. Para ello había obtenido por el mismo lapso del señor Jorge Luro el cuarto de manzana comprendido por las calles Belgrano, Lima, plaza Monserrat y la calle cortada, el pasaje Aroma. El vetusto edificio que ocupaba ese paraje sería demolido en su totalidad para colocar allí el pabellón con frente a la plaza indicada.

Pontecórboli propuso tres alternativas para el arrendamiento pero no fueron aceptadas, probablemente porque ya se estaba considerando el proyecto de la avenida 9 de Julio, que haría desaparecer parcialmente esa manzana donde hoy se levanta la sede del Ministerio de Obras Públicas.
El panorama de la batalla de Plewna continuó en exhibición, hasta que fue destruido en un incendio el 6 de marzo de 1891.
Últimos preparativos y partida desde El Havre
23 de septiembre, La Prensa: En carta dirigida a la Intendencia por el encargado de la traslación del pabellón argentino que figuró en la última Exposición de París, señor Santiago Alcorta, se comunica que el pabellón se halla ya embarcado en el vapor (sic) Ushuaia que ha de conducirlo a nuestro puerto. Acusa recibo a la vez de los 14.000 francos oro remitidos por la Municipalidad, sin lo cual aún se hallaría embargada la construcción referida. Habiendo quedado sin efecto el contrato celebrado con el ingeniero Buette que debía venir a armar el pabellón aquí, pide autorización el señor Alcorta para enviar al arquitecto señor Vissleer que presenció el desarme hallándose apto en consecuencia para dirigir la operación de armarlo nuevamente aquí. El señor Vissleer exige 800 pesos oro mensuales y pago del pasaje de ida y vuelta. El delegado de la Municipalidad cree aceptable la proposición y en consecuencia pide se le autorice para proporcionar el pasaje. Una parte del pabellón que no ha tenido colocación en el Ushuaia vendrá en otro buque, avisándose cual sea en oportunidad.
No se han encontrado otras referencias en la documentación del AGN a Buette o Vissleer. Pierre Louis Buette era un ingeniero francés que fue fusilado por los peixotistas en Brasil en 1894.
1º de noviembre, La Prensa: El encargado de la traslación del pabellón argentino de la Exposición de París, señor Santiago Alcorta, en carta dirigida al Intendente municipal, hace saber que dicha construcción se halla en viaje desde el 4 de octubre en la barca nacional Ushuaia. Los bultos que no han tenido colocación en dicho buque han sido embarcados, según esa comunicación, en los barcos de vela Fontanzie 697 bultos, Oestera 62, Haane 23, Oscar Wendt con 13 y en el vapor Petrarch salido el 1º de octubre del puerto de Amberes que conduce 5 bultos que comprenden los dos grandes grupos de bronce del escultor Barrás (sic por Barrias) que adornaban los costados del pabellón. Viene conjuntamente otro grupo del escultor Hughes (sic por Hugues) de raro mérito artístico. El señor Alcorta en su comunicación hace presente la conveniencia de que al llegar esa construcción al puerto de la Boca, se tuviera designado ya el sitio en que ha de ser colocada para evitar en lo posible las remociones y traslaciones que ocurrirían en ese caso. En cuanto a los grupos de bronce, el delegado argentino es de opinión que ellos no deben seguir adornando el pabellón, sino que sean colocados en sitios donde luzcan más, el parque 3 de Febrero o la plaza de Mayo por ejemplo. Existe la idea de colocarlos en el primero de estos sitios.
Tormenta en el Atlántico y pérdidas
Eduardo Schiaffino, director del Museo Nacional de Bellas Artes, logró en 1900 que la Unión Industrial, que se había hecho cargo del Pabellón, aceptara entregarle los paneles pintados que decoraban originalemente los recintos bajo los cupulines. Años después escribía: “Dos paneles, La arquitectura y La escultura, que entonces y antes de haberlos podido examinar de cerca se atribuían a Albert Besnard, son de Jules Lefebvre y cuando reclamé los que había pintado el maestro Besnard informó la secretaría de la Intendencia Municipal que el comandante del transporte que los traía de Francia, junto con todas las piezas del Pabellón Argentino desarmado, había arrojado al mar en una tormenta un gran cajón que se hallaba sobre cubierta y dificultaba la maniobra. Se presume que en aquel cajón se hallaban los paneles. Como esta declaración parece haber sido formulada oficialmente al llegar al puerto, la dirección del Museo hubo de contentarse con registrar en los libros tan lamentable pérdida.”
Lo que no menciona Schiaffino, que escribía por lo menos quince años después de los hechos, es que ese cajón (o cajones) también podría habría contenido otros seis paneles: El ferrocarril y El teléfono de Henri Gervex, La pesca y La vendimia, de Tony Robert-Fleury, La tala y La zafra de Gaston Saint-Pierre, más los dos grandes óleos enmarcados de Ernest Ange Duez, ya que no hay registro de que alguna de estas pinturas haya llegado a Buenos Aires. Lo perdido había costado 22.000 francos.
Preparativos en Buenos Aires y llegada
5 de noviembre, La Prensa: Los señores Blot y Schubeck, director de la oficina de ingenieros el primero y director de paseos el otro, estaban encargados por la Municipalidad para determinar el punto en que más convendría colocar al pabellón argentino que figuró en la Exposición de París. Indican en un dictamen espedido ayer como sitio más adecuado para la colocación de esta construcción, el ángulo formado por la calle Florida y la plaza San Martín con frente al río y a la calle mencionada. Para esto habrá que solicitar del Gobierno Nacional la cesión de una pequeña fracción de terreno ocupado hoy por el patio del cuartel del Retiro.
No está claro cuándo exactamente llegó la Ushuaia a Buenos Aires. El 19 de noviembre comenta La Prensa: «El transporte nacional Ushaia (sic) y el vapor francés Pampa (no era Petrarch?) han traído gran parte del pabellón argentino que figuró en la Exposición de París. El desembarque empezó muy pronto y muchos bultos fueron almacenados en los depósitos del dique Nº1, pero quedaron fuera los grupos de bronce y los pilluelos los están estropeando, trepando por ellos y golpeándolos con piedras. Sería conveniente adoptar alguna medida para evitar que se deterioren objetos que tanto dinero han costado.» El 28, otra nota en el mismo diario dice que había llegado el día anterior, pero tiene tantos errores que resulta poco creíble: «Ayer (?) llegó a nuestro puerto la barca Uswaia (sic) procedente de New-Castle (sic), conduciendo el pabellón argentino que figuró en la Exposición de París. Este buque viene solamente con tres oficiales por haber dejado el resto en Europa para formar la tripulación de los buques nuevos que se construyen para el Gobierno argentino.» Cabe esperar que en algún archivo se conserve el cuaderno de bitácora de la Ushuaia, o la declaración que habría hecho Betbeder a su llegada.
Se cerraba así, a fines de noviembre de 1890, el largo capítulo del traslado a Buenos Aires del Pabellón Argentino. Transcurrirían algo más de tres años hasta la inauguración del reconstruido edificio frente a la plaza San Martín, el 14 de abril de 1894.
Procesamiento de imágenes: gentileza de Gabriel de Meurville
Fuentes
- Archivo General de la Nación, Buenos Aires. Documentos Escritos, Sala VII, Fondo Exposición de París, Legajo 3586; Sala X, División Nacional, Sección Gobierno, Exposición Nacional de París 1889, Legajo 3753, y Departamento Fotográfico
- Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Fondo Schiaffino
- Municipalidad de la Capital, Memoria de la Intendencia Municipal, 1890-1892, Buenos Aires, Imprenta de la Lotería Nacional, 1894
- Registro Nacional de la República Argentina, Buenos Aires, Taller Tipográfico de la Penitenciaría, 1889
- La Prensa, Buenos Aires – Library of Congress, Washington, DC
- The Standard, Buenos Aires – Universidad de San Andrés, Biblioteca Max von Buch, Colecciones Especiales
- Le Matin, sixième année, Nº 2.129, vendredi 20 décembre 1889
Bibliografía
- Alcorta, Santiago (ed.), La República Argentina en la Exposición Universal de París de 1889 – Colección de Informes Reunidos, París, P. Mouillot, 1890, p. 51
- Biggeri, Emilio, «Las barcas carboneras de la Armada, 1888-1890», en Histarmar, http://www.histarmar.com.ar/InfHistorica-6/BARCAS%20CARBONERAS/BarcasCarbonerasARA.htm (mayo 2021)
- Mey, Carlos J., Miguel A. Galdeano, «Santa Cruz», en Histarmar, http://www.histarmar.com.ar/Naufragios/Naufragios-SantaCruz/SantaCruz-1.htm (mayo 2021)
- Sidoli, Osvaldo, «Ushuaia», en Histarmar – Flota de la Armada Argentina, https://www.histarmar.com.ar/Armada%20Argentina/Buques1852-1899/Ushuaia.htm (mayo 2021)
- Lloyd’s Register of British and Foreign Shipping, London, 1893
Otro impecable trabajo de investigación para deleite de los seguidores de este blog.
Gracias Alejandro (el profe) por compartir tú impecable búsqueda de datos sobre el Pabellón.
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Es increíble la cantidad de información encontrada, la fatiga para conseguirla. La historia que pocos deben conocer, gracias!!!
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Jamás imaginé las complicadas alternativas del desarme y posterior traslado del mítico «meccano» a nuestra ciudad. Digna de un jugoso guión para una película de intriga y aventuras, la lectura de la apasionante y detallada narración de esas complejas peripecias constituye un verdadero placer al ir descubriendo a cada paso datos, personajes y circunstancias sorprendentes.
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Excelente!!! Cuántos datos, Alejandro! Te felicito y gracias por compartirlo con nosotros!
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