Guardia de honor en París
Gestión
El ingeniero Henri F. Cabirau, secretario de la comisión argentina en París para la Exposición Universal de 1889 y mano derecha de su delegado provisorio, Eugenio Cambacérès, llegó a Buenos Aires a fines de febrero de 1888. El motivo del viaje era informar en detalle a la comisión directiva porteña sobre el estado del proyecto. En la sesión del 2 de marzo entregó el estado de cuentas del trimestre noviembre 1887 – enero 1888, que totalizaba gastos por 6.475 francos, y presentó publicaciones y láminas sobre la exposición.
Como aparece en el libro de actas1, Cabirau, con amplia experiencia en exposiciones internacionales, expuso en esa sesión que para los trabajos de instalación y cuidado del pabellón argentino no era posible emplear obreros extranjeros en el predio de la muestra, no sólo por lo escasos y exigentes que eran sino también por la falta de confianza que inspiraban. Agregó que era costumbre de todas las naciones enviar un grupo de soldados al mando de un sargento y algunos bomberos del país. Además de desempeñarse como obreros, servirían para la custodia y ornato de las diferentes secciones. Se acordó dirigirse con ese objeto a los respectivos ministros.
No debe haberse considerado un tema prioritario, porque recién en su carta del 22 de noviembre2 a su hermano, el presidente de la comisión porteña, Antonino Cambacérès, don Eugenio le dice que en lo referido a los 16 o 20 soldados (bomberos y demás) que formarían la guardia del pabellón, se debía comunicar con el ministro francés en Buenos Aires, quien avisaría a su gobierno y así, la comisión de París recibiría allí directamente las autorizaciones consiguientes.
Inesperadamente, Antonino Cambacérès falleció una semana después en Glew. La sesión de la comisión porteña del 19 de diciembre3 registra que Eduardo Olivera había sido nombrado en su reemplazo, y que se solicitaría al ministro de Relaciones Exteriores gestionar ante el ministro francés en Buenos Aires el permiso para el envío de veinte soldados, que harían la guardia de honor en el Pabellón Argentino.
El 20 de febrero de 1889, don Eugenio le escribe a Olivera y bajo el rubro «Guardia del Pabellón», menciona que si los soldados que debían formar esa guardia pudiesen llegar a París en los primeros días de abril, les serían de mucha ayuda en los trabajos de instalación de los productos a exponer. Agrega que acababa de recibir una comunicación del director general de la Exposición, Sr. Georges Berger, informándole que los soldados serían alojados en el cuartel de la Escuela Militar, que lindaba con el Campo de Marte.
Embarque del piquete
La carta del 14 de mayo del ministro argentino en París, José C. Paz, al Dr. Norberto Quirno Costa, ministro de Relaciones Exteriores4, acusa recibo de la nota de este último fechada el 9 de abril, en la que le comunicaba el embarco de los veinte soldados destinados a la guardia del pabellón.
Por la carta del 20 de abril de Julio Victorica, comisario general del Pabellón Argentino, a Olivera5, el piquete todavía no había llegado: «Los soldados y bomberos cuyo viaje ha anunciado Vd. reforzarán nuestros medios de cuidarlo todo.» La fecha inaugural de la Exposición era dos semanas después, el 6 de mayo.
El corresponsal en París del porteño diario La Prensa, el periodista español Enrique Otero, que había sido su subdirector en Buenos Aires y que además era miembro de la comisión argentina en esa ciudad, en su carta especial del 7 de mayo6 hizo una reseña negativa del evento inaugural. El argentino fue el único pabellón latinoamericano que abrió sus puertas, algo que criticó severamente por al apuro que había implicado, pero mencionó a los soldados:
¿Qué sucedió con esa precipitación infantil y alocada?
Que la colonia argentina pudo esa tarde sentarse en el Pabellón a conversar de la lejana patria; ver los soldados argentinos y evocar un mundo de recuerdos de aquel suelo querido que baña el Plata y que abraza y guarda cariñosamente el coloso andino.
Pero los expositores y el país entero, que ha hecho un fuerte sacrificio para concurrir á la Exposición dignamente, quedaron destrozados con la comedia representada al hacer la apertura de lo que no podía humanamente abrirse.
¡Qué de errores tan perniciosos y tan caros se han cometido en el Pabellón Argentino!
En una futura nota que trata de la construcción del Pabellón y su inauguración comentaré lo sucedido con Ortega, quien redactó otra correspondencia especial para su diario el 10 de mayo7, incluyendo una anécdota de los soldados:
A la derecha, frente al del Brasil, el pabellón de la República Argentina, cerrado por dentro, inconcluso por fuera y guardadas sus puertas por los bronceados soldados que hacen la guardia de honor.
A propósito de los soldados argentinos, diré que han causado muy buena impresión. Ladinos y vivarachos como buenos criollos se encuentran como en su casa en este París.
Un pequeño episodio que he presenciado les dará a Vds. una ligera idea del aplomo con que se portan.
Entre los objetos enviados por la provincia de Salta han venido dos petacas que contenían otras cosas también para exponer.
El peón francés que recoge los cajones vacíos, al ver aquellos baúles de cuero, medianamente airosos y poco o nada elegantes, creyó que debían ir adonde van las cajas que ya no sirven para nada.
Uno de los empleados detiene al peón francés y le hace volver a su sitio aquellos dos baúles que debían también figurar en la exposición.
Un soldado se aproxima. No entiende el francés y por tanto lo que decía el empleado al peón. Pero adivina de qué se trata y le dice al francés:
– Esto se llama petaca.
El peón le mira y sonríe para disimular su ignorancia.
– Y se meten dentro las cosas – sigue diciendo el soldado – y se ponen de a dos en cada burro, y los burros van solos uno después de otro.
Después se sonrió entre malicioso, socarrón y satisfecho de sus explicaciones, dejando estupefacto al peón que no entendió jota de aquella picaresca perorata.
Se ve que era un tema que pensaba interesaría a sus lectores, porque en sus notas del 14 y 20 mayo8 comentó nuevamente los malabares lingüísticos de los soldados:
Si vieran, o mejor aún, oyeran a los soldados argentinos del Pabellón hablar francés con los peones gozarían de buena gana.
Es un francés arbitrario, original, casi nuevo; pero tan pintoresco, tan salpicado de gauchadas sabrosas, que vale tanto como el más clásico.
Por supuesto, que entienden lo que los otros les dicen, casi al vuelo. No es comprender las frases, es adivinarlas, y por las dudas, toman las medidas para no ser pisados.
– ¿Y, cómo le va con los parisienses? le pregunté a uno de los soldados del Pabellón, que tiene una cara de diablo muy pronunciada.
– Así, no más, señor. Son muy pavos.
– ¿Cómo que son pavos?
– Pues sí. No entienden lo que se les dice.
Es claro. El francés que emplean los milicos, es más bien basado en la mímica y muy dado a equivocaciones.
Carlos Lix-Klett era el corresponsal en París del diario porteño The Standard. En su carta del 10 de mayo9, los elogia: «Sin duda, uno de los mayores atractivos era el destacamento de soldados, auténticos hijos del sol, muy parecidos a sus compatriotas republicanos de los Estados Unidos de América del Norte.»
Problemas
Una primera señal de alarma aparece en la carta de Victorica a Olivera del 11 de mayo:
Los soldados – Llaman mucho la atención y creo que se portarán bien, pero son una preocupación más para mí, pues están a mis órdenes y debo cuidar que no beban ni cometan faltas que den mala idea de ellos. El oficial es un buen mozo, pero me parece que no es bastante vivo y es sensible que no hable el francés. Como el Sr. Mayer me escribió que se les había pagado el mes de abril en Bs. Aires, aquí les seguiremos abonando sus sueldos. La planilla mensual de sueldos es de 1440 francos, sin contar la manutención. Ha sido preciso mandarles hacer uniformes de verano.
Se entiende su preocupación; veinte soldados ayudando en la tarea de instalar los objetos a exhibir, que incluían cientos de botellas de vino y licores, lo que debe haber sido una tentación irresistible. Lo que no dice Victorica es que, como veremos después, el oficial a cargo del piquete tenía solamente 22 años. Es inexplicable que habiendo salido de Buenos Aires en abril, hacia el verano de Francia, no hubieran llevado sus uniformes para esa estación.
Victorica le envió en esa misma fecha otra carta a Olivera, via Burdeos, pensando que le llegaría antes que la otra. En esta es más explícito:
No es difícil que pasado el 25 de Mayo mandemos los soldados. Hai (sic) peligro de que cometan algun desorden, bebiendo más de lo necesario y lo mejor es evitarlo, sobre todo cuando ya han causado todo el buen efecto que podíamos esperar de ellos. Dejarlos de guardia de noche en el Pabellón cuidando botellas es tan peligroso y tentador como si a su secretario Julio Fernández lo hicieren guardián de un internado de muchachas de quince años. En todo esto como en lo demás que lo merezca, hemos de aconsejarnos de Pellegrini, que Ud sabe es hombre práctico como pocos.
Carlos Pellegrini, vicepresidente argentino, había llegado a París en abril y participaba activamente en todo lo referido al Pabellón. El secretario Fernández parecía tener fama de sátiro…
Inauguración del Pabellón y regreso del piquete
Se había elegido el 25 de mayo como la fecha de la inauguración del Pabellón Argentino, y se esperaba la visita del presidente de Francia, Sadi Carnot, y de altas autoridades de la Exposición. El 19, Victorica le escribe a Olivera, anunciando el regreso de los soldados a Buenos Aires y los motivos:
Los soldados regresarán por el vapor del 29. Ya le he dicho a Ud que no conviene conservarlos. La copia del parte del oficial que hoi he recibido y que le adjunto, basta para que Ud se forme idea de que ese joven tiene una comisión superior a su competencia. En lo relativo a los soldados, no se da un paso sin consultarlo con el Dr. Pellegrini.
El joven a cargo del piquete era el subteniente Luis Irurtia, de 22 años, y había escrito con un florido y confuso lenguaje un extenso parte del episodio, cuya copia acompañaba a esa carta:
París, 19 de Mayo/89.
Señor Comisario General
Don Julio Victoria
Tengo el honor de dar cuenta á ud que á las 8 y 30 del dia de hoy se notó la falta de los arrestados Juan Puebla Luciano Zapata Juan Moreno y José Albarracin; habiendo incurrido en una falta que puede tacharse de desercion salí en comision con un soldado que en esos momentos se encontraba en el cuartel; una vez reunidos los arriba mencionados les intimé orden de prision, llegando al cuartel á las 10 y 5 p.m.; dí orden al cabo de servicio Alberto Orosco que se les pusiera de planton á lo que contestaron que no acataban mi orden y que preferian morir antes que dar cumplimiento á la espresada orden.
Esto Sr Comisario general debia de preveerse pues al infrascrito se le ha privado de las esenciones y privilegios que estan escritas en la patente de su empleo.
Comprendo que el proceder que se debe adoptar en un pais estrangero al mando de una fuerza no debe ser esencialmente militar, debe ser moral; pero lo filosófico es una quimera en un soldado que pisotea el orgullo nacional de una patria conquistada y sellada con la sangre de los héroes del año de 1810 en un soldado repito que no tiene mas dignidad que insultar á la bandera del suelo en que derramó sus mas preciosas virtudes el gran pensamiento de la creación.
Los grandes resortes de la disciplina, son el premio y el castigo; lo primero es un sofisma cuando surge la indisciplina, lo segundo deja de existir porque no se puede aplicar castigos sin mas derechos que los que se le conceden á un ciudadano; preciso es sostener Sr Comisario general que un conjunto de gladiadores romanos y no soldados argentinos no pueden enseñar al estrangero que les abre sus brazos, que de la unidad base de la disciplina surge la victoria, como de infinito n° de radios iguales se limita un circulo.
Por mis anteriores consideraciones que las someto á su ilustrado criterio podra ud juzgar el estado del piquete á mis órdenes; lamento decirlo porque comprometo mi dignidad como oficial pero es tarde y sonará la hora de la espiacion.
Soy de opinion Sr Comisario general que se ordene nuestro inmediato regreso para someterlos á un consejo de guerra ordinario.
La comision que se me confió queda sin efecto, no porque mis esfuerzos no hayan sido grandes sino porque los guia el capricho de no respetar á quien con sanos consejos trató de inculcarles el sentimiento mas puro de virtud.
La crítica á que nos someteremos será una mancha para nuestro gobierno y un baldon para el ejército.
Dios guarde al Sr Comisario general por muchos años.
firm. — Luis Irurtia
El corresponsal de The Standard envió el 26 de mayo10 una detallada reseña de la inauguración, mencionando la guardia de honor en la escalinata exterior del pabellón, «las altas, ágiles y morenas tropas de la república, cuyos espléndidos uniformes y vestimentas merecieron la admiración de los visitantes franceses. Más aún cuando descubrieron que el uniforme argentino era una copia exacta del de su propio ejército en 1867.»


Uniformes francés (1865) y argentino (1889)
El 31 de mayo, Victorica vuelve sobre el tema en su carta a Olivera11:
Ayer regresaron los soldados. No podían quedar mas tiempo aqui sin exponerse a algun serio desagrado. Era gente mal elegida y el oficial mui joven y sin experiencia. Ya por la copia de la nota del oficial que le envié antes, habrá Ud pasmado idea de esto. Pellegrini nos aconsejó deshacernos de los soldados y como por otra parte no eran aptos para guardianes y ya se habían dado a conocer por el lado bueno, la prudencia aconsejaba impedir que mostrasen la hilacha.
En Buenos Aires
El 28 de junio, La Prensa en su sección Boletín del Día publicó una nota titulada «Los soldados en la Exposición de París.» Mencionaba que en las oficinas del ramo (dando a entender que había sido circulada a los medios) se había recibido copia de la nota de Iurtia a Victorica, calificándola como «llena de estravagancias», transcribiéndola luego integramente. Continuaba el cronista:
A pesar de lo incoherente de su contenido se ve que algo grave ocurría respecto a los soldados.
El primer motivo fundamental parece haber sido la carencia absoluta de fuerza moral del Sr. Irurtia para tener los soldados y la falta de tino para ocupar ese puesto. Todos están contestes en ese punto.
En seguida vinieron las diabluras de los soldados que no son por cierto santos. Pero esas faltas, pequeñas en sí y que otro gefe hubiera impedido con solo una mirada, atrajeron una explosión de ira violenta en el oficial.
En el cuartel francés donde estaban alojados se les aplicaron castigos como colgarlos del techo y darles palizas que produjeron reproches severos y muy sensibles de parte de los oficiales franceses que no castigan sino con un calabozo esas faltas leves.
Desautorizado el oficial por su propias torpezas dio margen a que los soldados cometieran otra falta de desobediencia. Temiendo castigos análogos a los ya sufridos en vez de cumplir el arresto se fueron los infelices a caminar como zonzos por las inmediaciones del pabellon argentino de la Exposición, sin propósito de desertar ni mucho menos.
Dada la situación falsa en que se ha colocado el joven oficial que carece de autoridad, de esperiencia y de prudencia es claro que la vuelta de los soldados estaba ya decretada desde pocos días después de su arribo. Pasado el 25 de Mayo día de la inauguración se han embarcado en el primer vapor que salió del Havre el 30, habiendo llegado ya a esta capital.
No terminó allí el episodio. Al día siguiente y con igual título, apareció en La Prensa otra nota, relatando la visita de Irurtia al diario y su pedido de publicación de una nueva carta en la que negaba haber aplicado castigos corporales:
La noticia, suficientemente fundada en todas sus partes, que dimos ayer, sobre el ingrato papel que el piquete de soldados argentinos ha hecho durante su permanencia en París con motivo de la Exposición, tenía un propósito bien justificado: llamar la atención del Ministro de la Guerra o del Jefe del Estado Mayor sobre la necesidad de ser más cautos y más previsores en adelante, en la elección del personal de esos cuerpos cuando de presentarse en el Esterior se trata.
Con motivo de esa noticia, hemos recibido la visita del joven oficial de ese piquete.
Nos ha pedido la publicación de la carta que va a leerse, a lo que accedemos omitiendo comentarios que el lector hará por sí solo y que conviene excusar en este lugar para no perjudicar un joven que por serlo es susceptible de reparar con él errores más imputables a sus superiores que a su propia inexperiencia.
Buenos Aires, Junio 29 de 1889. – Distinguido señor: Habiendo leido un suelto en su ilustrado diario de hoy, en el que se transcriben algunos párrafos de mi nota pasada al comisario general del pabellon argentino en la Exposicion de París y constituyendo los comentarios que se hacen al pie de ella una inexactitud, voy a exponer a Vd. a grandes rasgos algunas de las faltas cometidas por los soldados y la consiguiente aplicación de los castigos impuestos.
Ante todo debe suponer, señor director, que la indisciplina surge de las libertades que se le conceden al soldado y como es concluyente llegar a comprender que éstos en París gozaban de algunos privilegios, llegó un momento en que desconociendo toda autoridad se entregaron a la más absoluta desobediencia.
Definir estas faltas con todos sus detalles sería interminable, así es que me limitaré a decir que insubordinaciones y groseros insultos constituyeron sus más preciosos hechos; ahora bien, continuar en este estado de cosas, sin aplicar más fuertes castigos que imponer simples plantones, como consta en mi parte diario, era imposible; resultó pues, la mas completa decadencia de respeto, llegando hasta el límite de la desobediencia.
Sintetizando todo, fácil era de preverse la desorganización completa del piquete y como yo no podía pasar por la bajeza de tolerar faltas, impuse siempre arrestos y no castigos corporales, porque así comprometía la dignidad de veinte soldados y con estos la del ejército que iba representando; solicité, pues, como era consiguiente nuestro inmediato regreso por temor de cometer algun desliz con soldados tan poco honorables.
Pueden dar los más exactos informes de mi proceder para con los soldados en París, el señor coronel Orby, jefe del regimiento 2312 de infantería y sus dignos oficiales, de quienes he recibido las más obsequiosas felicitaciones por el ejército argentino, como igualmente del señor don Julio Victorica, comisario general del pabellón argentino; a esto debe sujetarse mi conducta comprometida y no a comentarios inexactos que no tienen por base mas que razones descompuestas, puesto que todas ellas carecen de fundamento.
Con estas explicaciones que son el prólogo de la historia de veinte soldados, creo haber podido revindicar en parte mi dignidad y la del ejército comprometida.
Aprovecho la oportunidad para saludar al señor Director con mi consideracion más distinguida. – Luis Irurtia.
Irurtia reaparece por el tema de los uniformes de verano en la carta del 4 de agosto de Santiago Alcorta, delegado en París, a Olivera, que la habría recibido a fin de ese mes. Lo acusa de haber cometido un abuso, porque aparte del uniforme, había encargado dos trajes de particular – uno de levita y otro de frac, y ropa blanca, camisas de soirée, etc. El monto de lo indebidamente gastado era de 872 francos, que la comisión parisina consideró necesario pagar. Alcorta mencionaba el episodio para que la comisión porteña tomara las medidas oportunas.
Como indica Alcorta en sus Informes reunidos13, los gastos en París debidos a los soldados del piquete sumaron casi diez mil francos, suma irrelevante frente al costo total de los gastos hechos por la comisión de París, que alcanzaron dos millones de francos14.

Dando cierre al tema del piquete, el 27 de septiembre La Prensa publicó un artículo con lo decidido oficialmente y una recriminatoria frase final:
Por el Ministerio de la Guerra, acaba de dictarse una resolución, poniendo término al incidente militar promovido con motivo de las faltas graves cometidas por oficiales y soldados del piquete argentino que, desgraciadamente, se mandó al local de la sección argentina de la Exposición de París.
Además del subteniente que mandaba al piquete, están comprendidos en dicha resolución, cinco sargentos.
Se le impone al subteniente, la pena de seis meses de prisión, que deberá cumplir en un pontón; al sargento 1°, Eleuterio Ramírez, la deposición de su empleo y cuatro meses de prisión, con trabajos, y á los sargentos segundos, Juan Puebla, Carlos Alberto Orozco, Luciano Zapata y Alberto Galán, se les da también de baja.
Ninguna corrección se aplica á aquellos á quienes se confió la elección del personal del piquete que debía representar nuestra disciplina militar en París.
El subteniente Luis Irurtia

Su legajo personal, Nº 6270 en el Archivo General del Ejército, revela que el 28 de octubre de 1884, de 16 años, había solicitado admisión a los exámenes de ingreso al Colegio Militar. Adjuntaba copia de su partida de bautismo, el 15 de marzo de 1868, en la parroquia de Mercedes, provincia de Buenos Aires; había nacido allí el 4.
Era el quinto o sexto hijo de españoles, los guipuzcoanos Antonio Irurtia, de Gaínza, y Joaquina Ciriaco, de San Sebastián. La pareja tuvo quince, la mayoría nacidos en Carmelo, Colonia, Uruguay, adonde don Antonio, comerciante, habría llegado por 1860, y los últimos tres en Buenos Aires, donde se había radicado la familia alrededor de 1879. No encontré explicación de la estadía en Mercedes; en 1869 estaban nuevamente en Carmelo.
El legajo incluye un certificado fechado en Buenos Aires el 15 de diciembre de 1884, en el que Otón Grieben, profesor de la Escuela Naval, atestigua que «el joven Luis Irurtia ha llevado una conducta irreprochable durante los dos últimos años en que ha tomado lecciones particulares conmigo.» Además, los resultados de su examen de ingreso – Muy Bueno en Gramática y Aritmética, Bueno en Geografía y Regular en Historia y Francés, después del cual solicitó una beca.
El último documento del legajo es una nota del 23 de septiembre de 1889 del vicealmirante Mariano Cordero al jefe del Estado Mayor del Ejército, general Donato Álvarez:
Me es satisfactorio dirigirme a V.S. acusando recibo á su nota de fecha 20 del corriente, por la cual se remite a esta Comandancia General al Sub-Teniente Don Luis Irurtia, quien en esta fecha pasa a cumplir su condena abordo del Pontón «Martín García».
No hay ninguna mención del viaje a París. Irurtia continuó en el ejército, pero por poco tiempo: falleció meses después, el 26 de julio de 1890, durante la Revolución del Parque. Fue sepultado en el mausoleo que rememora ese evento en la Recoleta, apareciendo en el título de propiedad del monumento. El hecho de que su legajo militar no incluya una referencia sugiere que estuvo del lado de los insurrectos.
Coincidencias
El 10 de agosto de 1922 se presentaba en la planta baja del Museo Nacional de Bellas Artes, entonces alojado en el Pabellón Argentino, el gran grupo escultórico de Rogelio Yrurtia, Canto al Trabajo (hoy, frente a la Facultad de Ingeniería, Paseo Colón.)

¿Recordaría el artista, a quien se ve con su esposa en esta foto el día inaugural, que su hermano había sido el oficial a cargo del piquete de soldados de guardia en ese mismo edificio, en París, treinta y tres años antes?

Agradecimientos
A Alejandro D. Machado (@cronistadetuciudad) por haberme conectado con Carlos Francavilla, y a él, por referirme a Susana Gesualdi, quien tuvo la gentileza de darme información de su archivo del Cementerio de la Recoleta.
A Javier Alejandro Scheck; su comentario en AfterLife –
Documenting Recoleta Cemetery in Buenos Aires since 2007 (Agosto 2026) reveló dónde fue sepultado Irurtia.
El árbol genealógico de FamilySearch (Agosto 2026) fue la fuente de información sobre la familia Irurtia-Ciriaco.
Notas
- Folios 70 a 72 ↩︎
- AGN, Fondo Exposición de París, Legajo 3586, como todas las cartas mencionadas aquí, escritas desde París por miembros de la comisión en esa ciudad ↩︎
- Folios 165-166 ↩︎
- Publicada en La Prensa el 18 de junio ↩︎
- Idem, el 23 de mayo ↩︎
- Idem, el 4 de junio ↩︎
- Idem, el 6 de junio ↩︎
- Publicadas en La Prensa el 9 y 19 de junio ↩︎
- Publicada en The Standard el 20 de junio ↩︎
- Publicada en The Standard el 29 de junio ↩︎
- Recibida el 3 de julio ↩︎
- No está claro el número, y tampoco se han encontrado referencias a un coronel de ese nombre ↩︎
- Vol. I, pág. 59 ↩︎
- Vol I, pág. 63 ↩︎
Fuentes
- Archivo General de la Nación, Buenos Aires. Documentos Escritos, Sala VII, Fondo Exposición de París
- Libro de Actas de la Comisión Directiva, Exposición Universal (1887-1891), Legajo 3594
- Cartas de miembros de la comisión de París a sus colegas porteños: Legajo 3586
- Archivo General del Ejército – Legajo del subteniente Luis Irurtia
- Municipalidad de la Capital, Título de propiedad del lote I sección 19, Cementerio Norte, otorgado a favor de la Comisión encargada de erigir un monumento a los que murieron en la revolución de julio de 1890, gentileza de Susana Gesualdi
- Caras y Caretas, Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España
Bibliografía
- Alcorta, Santiago (ed.), La República Argentina en la Exposición Universal de París de 1889 – Colección de Informes Reunidos, París, P. Mouillot, 1890
- Les uniformes de l’armée française de 1830 à 1870 – Armée de l’Histoire – Histoire de France et du monde, de l’antiquité à la guerre d’Indochine, https://armeehistoire.fr/les-uniformes-de-larmee-francaise-de-1830-a-1870/ (consultado 1/8/2026)
- _____, Les Merveilles de l’Exposition de 1889, Paris, Librairie Illustrée, 1889